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La inversión, hundida en un pozo histórico

El Gobierno no encuentra la forma de recrear la confianza para que las empresas decidan invertir en el sector productivo.

La inversión, hundida en un pozo histórico

La inversión, hundida en un pozo histórico

Es bien sabido, y lo ha sido desde hace mucho tiempo, que Argentina es en algunos aspectos un país dependiente del dólar, que su economía no genera las divisas necesarias para su funcionamiento, que las crisis cambiarias son un peligro recurrente que se prevé mejor, y por último, que en muy pocos lugares surgen problemas como en este país.

Las recientes sacudidas comenzaron a resonar cuando el Frente de Todos arrasó con la ODEPA el pasado mes de agosto y cuando, con el poder en su mano, la sombra continental de Cristina Kirchner comenzó a tambalearse a su alrededor.

Desde entonces, las reservas brutas del banco central han caído en 20.000 y 2.000 millones de dólares respectivamente desde que Alberto Fernández aterrizó en La Rosada. Si la cuenta está por encima del dólar blue, tenemos un salto del 200% en un caso y un salto del 100% en el otro. Y a partir de ahora algunos hechos más fuertes: Los activos inmediatamente disponibles del BCRA se sitúan entre 4.000 y 1.600 millones de dólares, dependiendo de si se incluye o no el oro, y la diferencia entre el tipo de cambio paralelo y el oficial, una amenaza que no existía en agosto de 2019, es de alrededor del 90%.

La primera conclusión acerca de este cuadro es obvia: ante una economía en dificultades y un denso clima político, la consigna para aquellos que pueden permitirse el lujo de establecerse en este viejo refugio llamado el dólar es La segunda conclusión es obvia: canta que el kirchnerismo sorteó cuatro meses y entró en el gobierno sin pensar siquiera en un mini paquete de medidas para promover la oferta de divisas, y que, habiendo pasado a los presos, optó por los medios rudimentarios de usar el clamp-on-clamp, es decir, para ahogar la demanda.

Se trata sobre todo de un batifondo público dentro del propio gobierno: desde un presidente y un ministro de economía que rechazaron la idea de fortalecer el eje cambiario desde el principio, hasta un jefe del Banco Central que lo reforzó unos días después, si no por el jefe de la AFIP. Todo esto fue acompañado por una repentina presión sobre las empresas para que refinanciaran su deuda en moneda extranjera, dictada por la urgencia de mantener las reservas de liquidez que se estaban agotando.

En el campo de las reglas de juego móviles, la improvisación, el desorden y la desconfianza, varias empresas extranjeras han decidido levantar una bandera. Hay empresas que comercializan bienes de consumo masivo, algunas muy dependientes de la filtración de las importaciones, y gerentes que ya no pueden persuadir a sus jefes en la sede central para que aguanten hasta que algo esté claro. Es difícil lograr el centralismo portuario, la meritocracia o cualquier otra cosa que venga.

Puede parecer desalentador, casi extravagante, hablar de inversión productiva en tal contexto, y tal vez lo sea. Parece que hay datos que muestran dramáticamente cuánto hemos retrocedido, y además una explicación para las cosas que sólo están aparentemente desconectadas.

Medido en valores corrientes y tras un descenso, que el Ministerio de Economía sitúa en torno al 25% y la Fundación Capital en el 30%, la relación entre la inversión real y el PIB a finales de año sería de alrededor del 14,8%. Este es un registro negativo que no tiene precedentes en la última serie del INDEC: Es incluso más bajo que el 15,8% de 2004, que fue nada menos que hace 16 años.

La adición de referencias da un promedio del orden del 20% en América Latina, alrededor del 25% en Chile y Perú y un poco más del 20% en México y Colombia. Todos desconocidos en Argentina.

En pocas palabras, la inversión significa crecimiento y empleo futuros, significa procesos de producción modernos, tecnología y mayor capacidad para competir en un mundo cada vez más competitivo. Pero el efecto lento en la actividad económica no es el mismo cuando la inversión se centra en la maquinaria y el equipo, como si empezara y terminara en la construcción, aunque todo lleva un sello común: el del riesgo del dinero.

Mirando el panorama general, concluimos que el capital ya invertido en Argentina se quema cuantitativamente y no se reemplaza o cambia por ciertas garantías fijas de recuperación. El problema es que estas garantías desaparecen repentinamente, con o sin una pandemia.

Nada casual, este proceso coincide con una década de estancamiento económico y con un PIB per cápita que, después de tantos reveses, vuelve al nivel de 2004-2005. Más datos: En los últimos 15 años, incluidos los cuatro años de Macri y los cuatro años de Cristina, las pérdidas de divisas ascendieron a la impresionante suma de 150.000 millones de dólares, ninguno de los cuales parece haberse invertido en términos reales.

Muy concreto en su momento: pérdidas de dólares y aniversario de la moneda, entonces y ahora, sin importar los colores de la fiesta y sin contar una historia.

Algo similar ocurre dentro del estado con una variable clave en todos los sentidos. Después de una disminución al 0,8% del PIB este año según estimaciones privadas o al 1,3% según el Ministerio de Economía, el presupuesto del Estado anuncia una reactivación de la inversión pública al 2,2% del PIB para 2021.

Así, Martín Guzmán señala que “la infraestructura volverá a ser el motor de la economía, la creación de empleo y la competitividad de las empresas con un criterio inclusivo y federal. Sería bueno que lo que el ministro está anunciando fuera cierto, empezando con el 2,2%, pero ya hay un brote de autopromoción exagerado.

Aún sin ser una cifra importante para un Estado que gasta hasta el 40% del PIB, este 2,2% está lejos del 3,9% que la inversión pública en América Latina promedia. Y está lejos de las necesidades de un país con enormes déficits de infraestructura, lo que conlleva una carga que aumenta los costos y desplaza la producción nacional en todo el mundo.

Los familiares directos conectados en todas partes, la inversión productiva y la inversión en infraestructura, que fueron llevadas a un nivel de 16 años atrás, son una prueba contundente de la continua decadencia de la Argentina. Y está claro, o debería estarlo, que este pozo no debe ser sacado con pura retórica, y ciertamente no con discursos que a veces son tan viejos que en cualquier momento aparecerá el préstamo a desnudos o el pacto Roca-Runziman.

Mientras tanto, fuentes cercanas a Fernández advierten que las negociaciones con el Fondo Monetario avanzan con dificultad y que, a pesar del interés del gobierno por concluirlas pronto, el acuerdo parece haberse retrasado. El semáforo es básicamente de color ámbar, porque las expectativas de los que apuestan a que las noticias vendrán de allí calmarán la fiebre del cambio. Y sin devaluación.