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Daniel Arroyo: “Nunca hemos tenido una caída tan profunda en tan poco tiempo, pero hemos tenido peores situaciones sociales”

Tras la difusión de los nuevos datos sobre la pobreza y la indigencia, el Ministro de Desarrollo Social dijo que la salida de la crisis dependerá de un "cambio profundo en la política social" y no de "políticas mezquinas".

Daniel Arroyo:

Daniel Arroyo: "Nunca hemos tenido una caída tan profunda en tan poco tiempo, pero hemos tenido peores situaciones sociales"

Para Daniel Arroyo, Ministro de Desarrollo Social de la Nación, la palabra clave es “amortiguamiento”. El drástico deterioro del nivel de pobreza e indigencia, que alcanzó el 40,1% y el 56,3% para los niños mayores de 14 años en el segundo trimestre del año, según los últimos datos oficiales, fue la versión matizada de la “crisis devastadora” provocada por la pandemia y la cuarentena para prevenir la infección.

En un diálogo por videoconferencia con este diario, Arroyo dijo que la prioridad de su departamento eran los “nuevos pobres que han caído en la pobreza como resultado de la pandemia” y que la velocidad de la recesión económica “no tiene precedentes en tan poco tiempo”. “Necesitamos hacer un profundo cambio estructural en la política social”, alentó.

– Hace unos días se confirmó que había sido infectado con coronavirus. ¿Cuál es su estado de salud?

– Estoy bien. Los primeros tres días tuve fiebre, que subí y bajé con paracetamol. Hace más de cinco días que no tengo fiebre. Estoy un poco cansado e inquieto, ya estoy a la mitad de mi trabajo. Pero la verdad es que tengo síntomas leves.

– ¿Cuál es la primera estimación del aumento de la pobreza en estos meses de la pandemia?

– Los datos del INDEC muestran tres realidades. En primer lugar, los nuevos pobres que han sido empujados a la pobreza por la pandemia. La primera tarea que tenemos es salvarlos. Son los que no tienen problemas de vivienda o se han quedado sin trabajo o changas. En segundo lugar, marca la pobreza estructural, donde el desafío es urbanizar 4000 barrios para los 4 millones de argentinos. Y el tercero es el hecho más difícil: el 56% de la pobreza entre los niños de 0 a 14 años. Hay mucho que hacer en las aulas para niños de 3, 4 y 5 años. Es necesario hacerlas obligatorias y extender las guarderías de 45 días a 2 años. En un contexto en el que ha habido mucha política social, hemos podido amortiguar parte de la disminución, pero está claro que la nueva pobreza en la pandemia es la primera tarea que enfrentamos.

– Ha habido muchos procesos en Argentina que han representado saltos en la pobreza y la necesidad a lo largo de nuestra historia. ¿Existe un precedente de que este declive social se produzca en tan poco tiempo?

– No hay precedentes en tan poco tiempo. Entre 2001 y 2002 alcanzamos el 57% de la pobreza, el 28% del desempleo y el 60% del trabajo informal. Pero fue un proceso que comenzó y se expandió en 1998. Ahora hemos tenido cuatro años de incuestionable deterioro, pero la pandemia lo ha cambiado todo. En el primer trimestre, cuando introdujimos la tarjeta de racionamiento de alimentos, la pobreza disminuyó. El segundo trimestre fue el trimestre con más cierres de fábricas, con una caída de 19 puntos en el PIB y un aumento del desempleo al 13 por ciento. Nunca hemos tenido una caída tan profunda en un trimestre, es algo que nunca ha sucedido y es un hecho de la vida a nivel mundial, pero hemos tenido peores situaciones sociales. Está claro que hemos aprendido de 2001. El año pasado, la ayuda alimentaria ascendió a 28.000 millones de pesos y exportamos 80.000 millones al 31 de agosto. Hay mucha más financiación gubernamental y una red social más amplia con iglesias, organizaciones sociales y el sector privado.

– ¿Tiene idea de cuántos puntos habrían aumentado la pobreza y la miseria sin el pleno aprovechamiento de la política social?

– Es difícil arriesgar un número. Tiene que ver con el umbral de pobreza, pero sin la red de seguridad del Estado habría dado un salto significativo.

– El Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) ha llegado a gran parte del universo en el que interviene su ministerio. ¿Cómo califica su aplicación? ¿Fue efectivo?

-Tres políticas mostraron su efectividad. El IFE llegó a 9 millones de familias, los mono-contribuyentes de la categoría más baja y el mundo de la informalidad y los changas. Un millón son jóvenes de entre 18 y 24 años. Y ha demostrado ser eficaz para crear una base de datos que no existía. El Programa de Emergencia de Apoyo al Trabajo y la Producción (ATP), con el pago del 50% del salario privado, fue muy importante para el impacto en la pobreza. Lo único que prevalece en Argentina es la clase media, porque está asociada al mundo del gas, la carpintería y la informalidad. Tenía un doble papel, que era apoyar a las empresas y crear esta tendencia a la baja. La tercera política fue la ayuda alimentaria, pasamos de 8 a 11 millones de personas en sólo 15 días. El 31 de agosto ya había ejecutado el 140% del presupuesto anual del Ministerio, lo que marcó la prioridad del Presidente Alberto Fernández para comenzar con los últimos. Estos tres programas han formado un triángulo que ha amortiguado los efectos de una crisis devastadora.

– Los beneficiarios de la ATP podían recibir hasta 33.000 pesos por mes e incluso altos salarios. El IFE, por otra parte, llevó a la suspensión de la asignación de 10.000 pesos. ¿No es esta diferencia una desigualdad y un despilfarro de recursos que de otra manera podrían haberse asignado?

– El IFE tuvo muchas dificultades técnicas para entrar y pudo mantenerse. Ciertamente todavía hay mucho que mejorar en el futuro. Hay un debate en el mundo sobre el ingreso básico universal, Alemania y España lo han hecho, y la CEPAL y la ONU lo han sacado a relucir. Soy uno de los que creen que deberíamos ir allí, pero no hay condiciones ni restricciones fiscales que tengamos. Concretamente, una parte de la población argentina se quedó sin ingresos, como el jardinero que trabajó en diez casas y sólo recuperó cinco, o la empleada doméstica que perdió horas. En este esquema, la salida tiene que ver con tres ejes, que forman parte de una política de reconstrucción. En primer lugar, proponemos planes como el de Potenciar Trabajo, que pretende crear 300.000 empleos en los próximos meses en cinco sectores trascendentales como la construcción, la producción de alimentos, el sector de la asistencia y el reciclaje. En segundo lugar, el mantenimiento de un ingreso básico para las familias, con la formación en profesiones como compensación. Y en tercer lugar, la urbanización de los cuatro mil barrios populares, lo que significará un gran plan de empleo.

Un buen instrumento para proteger a los niños era la Prestación General por Hijo (AUH), a la que se añadía la Tarjeta de Alimentos. ¿Qué pasó que esta vez no funcionó para reducir el 56,3% de la pobreza infantil? ¿Es necesario aumentar los fondos?

– Lo que sucedió fue que tuvimos una pandemia única. El AUH es 4 millones de niños con el beneficio, y la tarjeta de alimentos es 1,5 millones de familias que reciben una tarjeta de crédito para alimentos. Llega a las familias con niños menores de 6 años, a las mujeres a partir del tercer mes de embarazo y a las personas con discapacidades. La AUH es una de las fundas más universales que han podido amortiguar el descenso de este paquete de pólizas, y se puede decir que se ha ampliado junto con la Tarjeta Alimentar. Sin duda, todavía hay mucho que expandir y trabajar.

– Teniendo en cuenta que las frutas y verduras han experimentado una fuerte subida de precios en estos meses, ¿cómo se puede crear una cesta de alimentos básicos y ponerla a disposición de la población más vulnerable?

– Hemos proporcionado ayuda alimentaria a 11 millones de personas, pero la calidad de la nutrición se ha deteriorado. Antes de la pandemia, la carne, la leche, la fruta y las verduras representaban el 67% de las compras de ayuda alimentaria con la tarjeta de alimentos, pero hoy en día es menos del 50%. Por decirlo de manera brutal, comen pasta, harina y arroz y poca leche, carne, fruta y verdura. Antes del coronavirus, teníamos dos problemas relacionados, a saber, el costo de los alimentos y el sobreendeudamiento de las familias. En este sentido, trabajamos mucho con la agricultura familiar, la producción de alimentos y las ferias para acercar al productor al consumidor. Queremos desarrollar 400 mercados centrales y pequeños mercados de frutas y verduras donde la economía regional esté presente. El otro problema de sobreendeudamiento surge cuando los estratos medios pagan el importe mínimo de la tarjeta y no pagan los gastos y cuando los más pobres piden un préstamo al 200% de interés anual a la financiera de la esquina. Por eso hemos creado un préstamo no bancario del 3% anual para reducir el endeudamiento de las familias. Todo esto lo hacemos en conjunto con el programa Sembrar, que aporta mil millones de pesos para apoyar a los pequeños productores de alimentos para que puedan vender sin intermediarios, lo que encarece brutalmente el costo de los alimentos que llegan a los hogares de los argentinos.

– Ha habido algunas críticas a la Tarjeta Alimentar. Figuras destacadas de la sociedad sugirieron como contrapropuesta que debería haber alguna forma de transferencia directa de dinero según su uso y discreción. ¿Continuarán los beneficios de la tarjeta en los próximos meses y el año que viene?

– Sin duda será permanente y durará en el tiempo. No es una transferencia general como la AUH, la tarjeta es una política alimentaria orientada a la buena nutrición y la solución al hambre, estos son los dos desafíos clave. De los 80.000 millones que asignamos a la política alimentaria, unos 60.000 millones dependen de la tarjeta. Con la pandemia hemos bajado cinco pasos. Sin embargo, es el mejor instrumento para vigilar la calidad de los alimentos.

– El traslado de la Secretaría de Integración Social y Urbana (SISU) del Ministerio de Desarrollo Territorial y Hábitat al desarrollo social ha llamado la atención. ¿Cómo se puede explicar este cambio? ¿No puede haber una política de vivienda para las clases medias y para los sectores más empobrecidos en la misma órbita?

– La Secretaría se remonta a una ley de 2018, que todos votamos y que permitió la creación del Registro Nacional de Barrios Populares (Renabap), en el que se concedió un fondo para la urbanización. Según este registro, tenemos 4 millones de argentinos viviendo en el siglo XIX sin acceso a los servicios básicos. Hace tiempo que hablamos del pasaporte porque tiene un fuerte componente social, aunque puede ser el caso en otros países de otras zonas. En sentido estricto, la secretaría no tiene como objetivo la construcción de viviendas, sino la apertura de caminos, la creación de espacios públicos, la mejora de las viviendas y todo lo que tenga que ver con la urbanización de barrios que se encuentran en una situación muy crítica. Nuestro objetivo es urbanizar 400 barrios por año y llegar a 4000 en diez años. Queremos centrarnos en la mejora de las condiciones de vivienda en las zonas húmedas, como cocinas y baños, y en el acceso a los servicios en tierra. Se trata de una nueva tarea para el Ministerio y sobre esta base trabajaremos con los Ministerios de Desarrollo Territorial y Hábitat, Medio Ambiente e Infraestructura.

– ¿Podría ser peor la situación social con estos datos de pobreza?

– Analizado fue el trimestre más duro (abril-mayo-junio) para las actividades de cierre. El trimestre que acababa de terminar aún no se había medido y ya había más actividad económica. La pandemia es compleja. Había ciudades como Rosario y Córdoba que ya tenían más movimiento y changas, y de repente volvieron por el resurgimiento. Es un año muy problemático y es difícil de predecir. Ya que hay una apertura, esperamos en principio que haya una mejora y un repunte.

– El gobierno anterior mostró como bandera su alto nivel de gasto en desarrollo social. En estos meses del Frente de Todos, las inversiones sociales también se han multiplicado. Pero la pobreza sigue aumentando. ¿Este modelo está agotado?

– Debemos hacer un profundo cambio estructural en la política social. Los tres pilares de la reconstrucción son la división en cinco sectores productivos, un ingreso básico para quienes no lo tienen y la urbanización de los 4.000 distritos, junto con una política específica para la primera infancia y la juventud. No vamos a salir de aquí con pequeños programas y pequeñas políticas. El grado de deterioro es tan grande que se necesitan cambios que deberían haber sido abordados en Argentina hace mucho tiempo. La pandemia es muy negativa, vivo con el dolor, la gente lo tiene difícil. Pero si hay algo positivo en ello, es que nos obliga a hacer estos cambios.