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Mundos íntimos. Mi padre se envenenó con monóxido de carbono. Fue grave. Lo salvaron, pero pasó un año (casi) sin hablar.

Recién separados. Se había ido a vivir a una nueva casa. Había sentido algunas molestias, pero no relacionadas con la caldera. Mientras se recuperaba, la hija le hizo preguntas para ayudarle, pero sus respuestas fueron pocas.

Mundos íntimos. Mi padre se envenenó con monóxido de carbono. Fue grave. Lo salvaron, pero pasó un año (casi) sin hablar.

Mundos íntimos. Mi padre se envenenó con monóxido de carbono. Fue grave. Lo salvaron, pero pasó un año (casi) sin hablar.

Juan Carlos nunca tuvo ni ha tenido una paternidad distante y fría, del tipo que abraza con palmaditas o usa el miedo como herramienta de obediencia. De hecho, papá le dice a sus hijas escarabajos, princesas, que no tiene miedo a los abrazos largos y apretados, los típicos arrebatos de ira y vocalizaciones faltan – en él – y cada vez que nos dice que está orgulloso de nosotros, llora y no lo esconde. Se ríe con todos sus dientes, es capaz de salir corriendo en medio de la noche para ayudar a sus amigos, y de quedarse en su lugar, bebiendo vino y charlando con la familia o los amigos. Estas cualidades son esenciales para comprender la transformación que tuvo lugar en 2005 cuando inhaló una cantidad letal de monóxido de carbono y se quedó sin habla durante aproximadamente un año.

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Fue poco después de la separación de su madre, situación que destrozó mi idea de la familia perfecta. Mis hermanos ya se habían mudado de Puerto Madryn a Buenos Aires para estudiar, así que dependía de ellos y de mí, que tenía doce años. Todo sucedió muy rápido. En mi opinión, tomó menos de dos meses desde la noticia de la separación hasta la mudanza. Papá entró en una casa con un jardín de invierno, una enorme terraza y – no lo sabíamos – una fuga en la caldera. En ese momento era el Ministro de Turismo de la Provincia, así que cada día recorría los 82 kilómetros de Puerto Madryn a Rawson y viceversa. Un trabajo gratificante pero agotador y poco saludable.

En este día mamá esperó a que él tomara las pocas ropas que aún estaban en nuestra casa. Aquí empiezo a escribir lo que me dijeron; mi memoria me protege de los malos recuerdos. La noche anterior, me enviaron a dormir a casa de mi tía para evitarme el doloroso momento del armario vacío. Papá se había dormido con un dolor de cabeza abrumador y casi no se despertó.

Juan Carlos es la persona más puntual de este planeta: Cuando llegó varios minutos tarde esa mañana, mamá supo que algo andaba mal. Marisa se acercó a Juan Carlos, vio el coche en la acera, tocó el timbre durante varios minutos y recordó que Mariu -a pesar de su intento de mantener la casa de papá limpia y ordenada- se había ido temprano hace sólo unas horas por culpa de los mareos. Mamá consiguió una copia de la llave de la casa, abrió la puerta, corrió a la habitación y vio cómo papá luchaba con la muerte: sus ojos estaban abiertos y su aliento entrecortado, estaba sufriendo, casi ausente. Ella lo puso de lado, abrió todas las puertas y ventanas y comenzó a gritar pidiendo ayuda.

La siguiente escena que me viene a la mente es cuando mamá y yo estamos sentados en el auto para visitarlo en la clínica. Papá se intoxicó con la comida, me lo dijo. Cuando tienes doce años, no entiendes la escala de las cosas. Nadie dijo: “Papá casi se muere”, así que creo que papá se envenenó un poco, y yo ni siquiera tuve miedo o me preocupé. Sólo cuando una enfermera me dijo que era una chica muy fuerte comprendí la seriedad del asunto, y sólo porque sabía que eres fuerte cuando estás al borde de la muerte.

En casos graves de intoxicación por monóxido, se recomienda la terapia de oxígeno hiperbárico, que consiste en respirar oxígeno puro en una cámara en la que la presión del aire es dos o tres veces superior a la normal. Esto acelera el reemplazo del monóxido por el aire en la sangre. No pusieron a papá en esa cámara de inmediato. Tal vez si hubiera tomado menos tiempo, le habría ahorrado las secuelas.

Cuando entré en la habitación, estaba conectado a miles de cables. El gobernador entró. La noticia salió en los periódicos regionales y nacionales. Sentí un absurdo orgullo de que papá fuera tan popular. Ese orgullo es la prueba de la inconsciencia – o inocencia – del momento. Dijo algo, no puedo recordar qué. Me senté en el sofá y vi los titulares de los periódicos. Recuerdo el cuarto oscuro, el aire espeso, el olor del hospital.

La separación se pospuso, y papá volvió a casa. Dejó de hablar como si el idioma también hubiera sido envenenado. Una semana después del incidente, fueron a Buenos Aires a ver a los médicos que prometieron que se pondría bien. El silencio era algo nuevo y extraño para él. Mamá se convirtió – para el medio ambiente – en una heroína, una súper Marisa que había salvado la vida de su ex-marido.

– Pero por qué no hablas, le pregunté todo el tiempo. ¿Por qué estás tan callado? ¿Está todo bien?

– No tengo nada que decir; no se me ocurre nada.

Eso es. El humor, el intelecto, la risa, todo fue eliminado con el chicle de monóxido. Papá dejó de ser padre y se convirtió en un fantasma que vagaba por la casa y no nos miraba a la cara.

No tengo memoria de estos diálogos. Lo único que recuerdo es el silencio: insoportable, vacío. Parecía estar atrapado en una dimensión que no era ésta. Atrapado. Al principio me asusté y me retiré. No sé cómo se expresa la tristeza a los 12 años. Si hubiera sido mayor, habría sabido qué hacer en lugar de mirarlo confundido o vigilarlo todo el tiempo, esperando que volviera a ser el mismo de antes.

Los días han terminado. Papá lo intentó; era plenamente consciente de que su chispa se había ido. Tuvo problemas para tener una conversación con uno de nosotros. Ahora hago las preguntas correctas: me dice lo mal que se sintió porque no es el mismo, recuerda que la gente cercana a él se lo mencionó, preguntándole cosas para las que no tenía respuesta. Se sumergió en su mente y buscó las palabras que no podía decir.

El silencio no podía ser llenado, así que empecé a hacer cosas: Intenté disipar el silencio con abrazos, me obligué – más de una vez – a leer un libro que me había dado y del que nunca había dependido, como si pudiera rehabilitarme, leer todo lo que él quería que leyera o ser todo lo que él quería que fuera, a cambio de volver a mi antiguo yo.

Algo más: Joaquín Sabina. Aprendí todas las canciones del álbum Física y Química. Mi canción favorita, “Peor para el sol”, era la que más tocaba, porque era algo parecido a la nuestra; sonaba como una canción de cuna, y él había pedido a un restaurante que la tocara para mí unos años antes.

Desde entonces estaba obsesionado. Escuchaba a Sabina todo el tiempo y en todas partes y mis amigos me decían que era música de la vejez. No lo era. Era la música que podía llevarle a papá.

Una vez, recuerdo que cuando tenía cuatro años, viajamos en familia y él se sacó el bigote: su marca, casi un símbolo de su paternidad.

– Parece un hombre, grité cuando lo vi y lloré de miedo. Esta anécdota fue motivo de risa durante los años siguientes. Algo similar ocurrió con el monóxido: Papá no era un padre, era un hombre. Un farsante que se parecía a papá. Tenía bigote, pero se quedó sin palabras.

Ahora hago las preguntas que no hacía en mi infancia. Hablo con mis hermanos y los tres estamos de acuerdo en que todo está reprimido; es genético borrar las situaciones dolorosas. Papá lo hizo cuando mi abuelo, su padre, murió. Recuerdo ese día: el llanto ahogado de mi abuela. De papá riéndose de la muerte, como si pudiera quitársela un poco. Nos callamos, confundimos nuestros recuerdos con cosas inventadas o situaciones de otros tiempos, no recordamos fechas ni lugares, no sabemos si hicimos preguntas o si fingimos que todo estaba bien. Mi hermana me cuenta lo de la llamada telefónica, lo de “papá tuvo un incidente”, pero no se va a morir. Me dice que recuerda el apartamento oscuro, pero no sabe si lo inventó o si fue una sensación. Mi hermano habla de su culpa por haber viajado a Madryn más tarde – dos semanas después de la intoxicación – de la sorpresa de encontrar a ese otro Juan Carlos. Mis hermanos estaban enfadados, pero expresaron su tristeza de las muchas maneras que los adultos encuentran. Yo, en cambio, crecí con un miedo absurdo e irracional a que papá desapareciera. Eso es lo peor de la muerte: la brusquedad. Durante meses, desapareció sin morir. Descubrí demasiado pronto que era un simple mortal.

Fanático de River Plate, papá seguía viendo los partidos sentado en el suelo, como si al sentarse en el sofá como una persona normal se le engrosaran los nervios. La perra y yo nos sentábamos con él, sin prestar atención al partido. A veces veía la televisión solo en el quincho, como un extraño que vive en la casa de uno y se aísla. Yo me sentaba a su lado o cargaba mis cuadernos o fingía pasar por esa parte de la casa por casualidad, como si quisiera tenerlo a la vista en todo momento por si había algo, hasta la más mínima palabra o cambio notable en su forma de ser que anunciara que papá iba a volver. Le decía cosas que respondía con monosílabos, y luego volvía su mirada a algún punto fijo vacío. En ese momento yo también empecé a escribir. No sé qué y tampoco estoy seguro de querer saberlo.

Cuando mi abuela tuvo el comienzo de su Alzheimer, muchos años después de la intoxicación de papá, respondíamos a cada “no recuerdo” de ella con un Dale, Eva, recuerda. A veces ella terminaba recordando, y nos convencíamos de que la memoria podía ser entrenada. Hicimos lo mismo con papá: le hicimos preguntas, intentamos forzarlo a hablar y luchar contra sus silencios. Fueron meses de correr por la casa, diciéndole cosas en el almuerzo, insistiendo, interrogando, como cuando se entrena el lenguaje de un niño que está aprendiendo a hablar. Como cualquiera que cuida de una persona que ama.

Poco después – ahora me dice mientras fumo un cigarrillo – la secretaría me envió a un viaje a Bilbao, España. Imagina…, dice riéndose. El humor es el arma que lo protege. Tenía que conocer gente, hablar con todos, pero mantener la conversación me costó un horror. Y mira lo difícil que es pasar un mal rato en Bilbao… Me doy cuenta de que es la primera vez que hablamos de lo que pasó.

Los doctores tenían razón: el tiempo era la clave para que papá empezara a hablar poco a poco. Al igual que sus amigos que lo visitaban constantemente. Cuando regresó -lentamente- a su antiguo ser, todo su entorno respiró como si el aire se hubiera detenido durante un año o más. El viejo silencio, que era tan abrumador, se debilitó gradualmente, y con el paso de los meses, papá fue de nuevo el que compró Sprite cuando me sentí mal, y me prometió que la limonada plana curaría cualquier dolencia. Me llevó a la escuela y en el camino cantamos “And We Got Ten”. Me compraba toneladas de revistas “Condorito”, que yo engullía y volvía a comer. Se reía de nuevo y me hacía reír, leía tres libros en dos días y gritaba puertas con su habitual alegría. Hoy Juan Carlos es algo diferente, o tal vez el mismo de siempre, pero mejor. Ha ampliado sus muchos papeles y ahora tiene el título de mejor amigo, mejor padre o mejor hermano, así como el título de mejor abuelo. Llena las copas de vino hasta el borde, cuenta mil veces las mismas anécdotas, sin que nadie se interese en decirle que ya sabemos cuál es. Su voz es un regalo que alguien o algo nos ha dado porque fuimos amigables en otra vida. Ella viaja una vez al año con sus amigos. Sus nietos lo besan y él les da chocolates a cambio, como un Papá Noel con bigote que viaja unos trescientos sesenta y cinco días al año. De vez en cuando le escribo poemas y le pregunto:

– ¿Le importa si escribo sobre usted para el texto que aparecerá en nuestras fuentes? Es un texto difícil, pero creo que puedo hacerlo bien.

Ahora no hay más silencio; cada día decimos te amo, para no olvidar. —————

Martina Tolosa nació en Puerto Madryn y vive en Buenos Aires desde hace nueve años. Está estudiando ciencias de la comunicación, aunque se ve más como escritora. Participa en los talleres de Luis Mey y tiene una novela en marcha. Publica poemas en sus redes sociales y ofrece sus historias a plazos, que envía por correo electrónico a petición. Publicó los cuentos “Habitación 72” y “El otro lado” en la antología “Quedate en casa”. En su tiempo libre le gusta leer, ver series, beber vino con amigos y probar café en diferentes lugares. Es fanática de Joaquín Sabina y de pasar tiempo con sus sobrinos. En el futuro, espera graduarse, seguir escribiendo y eventualmente enseñar.